A través de cerámica, tejidos y vestigios del agua, Aria XYX transforma Espacio 42B en un territorio de memoria y resistencia. "Wetlands" es su primera muestra individual y una experiencia sensorial única.
En el silencio casi místico de la sala, la tierra parece respirar. Estamos en Espacio 42B para la inauguración de Wetlands, la primera muestra en solitario de la artista Aria XYX. No es una exposición cualquiera. No es el arte encajonado en la blancura inmaculada de los museos tradicionales. Es materia viva. Es arcilla que alguna vez fue agua, es textil que alguna vez fue una historia bordada en el regazo de una mujer.
Espacio 42B no está en el circuito artístico de San Benito. Para llegar hay que atravesar calles donde la vida sucede sin ceremonias. El sonido del tráfico se mezcla con la voz de una señora que vende tamales en la esquina, con el eco de quienes esperan el bus para subir hasta la última senda de La Sabana. Los mecánicos del taller cercano cierran sus portones, los vendedores recogen sus puestos.
En el Centro Comercial La Sabana, una plaza que ha resistido el paso del tiempo con más dignidad que esplendor, coexisten una floristería, un taller de refrigeración, una oficina contable y una venta de hamburguesas que, según un comensal anónimo, son bastante buenas. Entre estos espacios cotidianos, casi invisibles para quienes no los habitan, aparece Espacio 42B, con sus luces de neón y sus visitantes eclécticos, como un parpadeo de otro tiempo, de otra atmósfera.
Este espacio es autogestionado y creado desde el corazón de Lucy Tomasino, una joven artista, muy experimental, muy vanguardista y muy prolífica en el mundo del arte contemporáneo salvadoreño. En el pasado, ha recorrido destacados espacios artísticos como el Museo de Arte de El Salvador y el Teatro Luis Poma. Su obra, su visión y su trabajo reexaminan la historia en disciplinas como el videoarte, el performance y la fotografía. Tomasino ha logrado generar un refugio para la experimentación, un espacio donde el arte trasciende los límites convencionales y se vuelve una experiencia sensorial y política.
Los recuerdos de Aria

El río Sensunapán, en otro tiempo generoso, fue durante generaciones un sustento para las comunidades cercanas. En sus aguas, la pesca de burras y chimbolos aseguraba el alimento de muchas familias, y los pozos naturales en sus orillas ofrecían agua limpia para la vida diaria. Hoy, el río ya no es el mismo. La contaminación ha cambiado sus orillas y ha borrado, poco a poco, la relación de la gente con su cauce.
Aria XYX ha crecido viendo esa transformación, sintiendo cómo la vida que brotaba de esas aguas se ha ido secando. Ahora, en esta instalación, la artista busca reconstruir la memoria de esos espacios, hablar de cómo los cuerpos humanos dependen de los cuerpos de agua, de cómo, al agotarse uno, también se resiente el otro.
El bordado en sus piezas es testimonio de un linaje. "El textil viene porque empecé a trabajar el bordado a partir de conexiones con mujeres que me rodearon y que atravesaron mi vida y mi experiencia a través de mi identidad como una persona no binaria en El Salvador". Bordar es un acto de resistencia, un gesto que encierra historias que de otro modo quedarían en el olvido.
La cerámica, en cambio, es la piel del río, sus huellas sobre la tierra, las marcas que el agua deja antes de evaporarse. En la aridez de su ausencia también se escribe una historia, una que habla de la tempestad del invierno y de la sequedad del verano, del ciclo de la vida y de la decadencia inevitable. La artista, que vive a escasos metros de una parte del río, ha recogido la tierra de sus laderas, llevándola a este espacio como testimonio del impacto ambiental y la necesidad de replantear nuestra relación con la naturaleza.
Detrás de la muestra

La muestra es resultado de una colaboración con el curador Patricio Majano. "El proceso de invitación fue hace un mes y medio, a través de la curaduría de Patricio Majano. A partir de eso fueron las pláticas, las pruebas, el bordar, todas las piezas que vemos acá en la muestra han sido producidas específicamente para esta exposición", detalla Aria.
Majano reconoce en esta obra una mirada profunda hacia la relación entre el ser humano y su entorno. El agua no está, pero su rastro lo dice todo. Se ha vuelto un vestigio en la tierra, en los textiles colgados como si los hubiera dejado el río tras su retirada. La cerámica guarda el calor que el agua se llevó. "La tierra -y la cerámica- funcionan como vehículos de vida, de aliento y de calor", reflexiona Majano. La instalación abre una puerta hacia esa dualidad. Somos quienes erosionamos el entorno, pero también quienes sufrimos cuando él se quiebra.
Las piezas son nuevas, creadas exclusivamente para este espacio. Son testigos de un proceso acelerado, pero no por ello menos meticuloso. "Espero poder invadir muchos más espacios, tanto nacionales como internacionales, pero a corto plazo te diría que mi mayor necesidad es hacer una instalación mucho más invasiva, mucho más agresiva", apunta Aria.
La palabra "invasiva" resuena en el aire. Es una declaración de intención. Llevar el arte contemporáneo fuera de los circuitos acostumbrados, fuera de la capital. Llevarlo a Sonsonate, donde el arte aún se ve a través del prisma de lo tradicional, donde las muestras de caballete dominan el panorama.
Explorar fuera de los márgenes


La artista sabe que su trabajo no será comprendido por todos. Lo dice con la convicción de quien ha transitado ese camino antes. "Yo sé que las personas o el público en general no lo van a comprender en su totalidad, pero es necesario empezar a invadir otro tipo de espacios que no sean la capital", apunta. En su voz se escucha urgencia. Una necesidad de transformar, de expandir los límites de lo posible.
Pero no se trata solo de tierra. Wetlands es una geografía de ausencias y presencias. La intervención entera se ancla en el río Senzunapán. El barro, el monte, cada partícula de polvo viene de allá, traída desde los paisajes que rodean la vida de la artista. Hay algo profundamente orgánico en este gesto. La exposición es una extensión del lugar de origen, pero también es un llamado a la descentralización, a la experimentación, a la resistencia. Como si el río mismo se hubiera colado en la sala, filtrándose entre los espectadores.