Cuerpos, deseo y humor: la gran exposición de San Avilés en el MARTE

Durante décadas, la obra de San Avilés permaneció en colecciones privadas. Ahora, el Museo de Arte de El Salvador la muestra al público en una gran exposición que revela su legado. Cuerpos meticulosos, simbolismo religioso y un sentido del humor que desafía la plástica tradicional.

La sala 2 del Museo de Arte de El Salvador (MARTE) está tenuemente iluminada, las paredes se bañan de un azul profundo, las figuras de Ernesto "San" Avilés emergen de los lienzos como espectros atrapados entre la belleza y la ironía. Su obra, expuesta en el MARTE, es un testimonio de la persistencia del arte frente al olvido. “Me costaría mucho pensar que el público no esté abierto a aceptar la diversidad", dice Juan Santiago Martínez, curador de la muestra y sobrino nieto del artista. Su voz resuena con la convicción de quien sabe que la historia siempre encuentra la forma de abrirse paso.

La exposición es el resultado de un proceso que inició en 2019, cuando Martínez comenzó a investigar la obra de su tío abuelo. “Fue un camino largo, pero con la ayuda de coleccionistas y del museo, logramos reunir piezas que nunca antes habían sido vistas en conjunto", comenta. Durante décadas, la obra de San Avilés quedó confinada en colecciones privadas, en parte por la temática de sus pinturas, que abordaban el cuerpo masculino con un nivel de detalle inusual para su época. Jaime Izaguirre, curador del MARTE, explica: “Es una obra valiosa en muchos sentidos, no solo por su técnica, sino por su capacidad de invitarnos a mirar más allá de la superficie del lienzo y de los prejuicios”.

San Avilés creció en El Salvador, pero su formación lo llevó a Europa, donde entró en contacto con la pintura renacentista y la escultura clásica. Su trabajo refleja una fusión entre el detallismo académico y una sensibilidad profundamente personal. En sus cuadros, la carne adquiere una textura casi palpable, y la luz resbala sobre los músculos con una precisión quirúrgica. Sus frutas, voluptuosas y abiertas, sangran en lugar de desprender jugo. “Es una obra que juega con la sensualidad y lo simbólico", afirma Martínez.

Juan Santiago Martínez, sobrino nieto de San Avilés y curador de la muestra, observa emocionado las obras durante la inauguración. Su labor ha sido clave para preservar el legado de un artista que desafió su tiempo y hoy encuentra su lugar en la historia del arte salvadoreño. Foto: Mediana

Pero más allá de la técnica, hay en su trabajo un sentido del humor que lo humaniza. “Si prestás atención, encontrarás firmas escondidas en lugares inusuales, como la uña de un pie o en un pliegue de tela”, dice Izaguirre con una sonrisa. En su pieza "La Ascensión", un cuerpo flota sobre un cielo etéreo, pero está sostenido por una cuerda visible, un detalle que desarma cualquier lectura solemne y nos recuerda que el arte también puede ser un juego.

Uno de los elementos recurrentes en su obra son las moscas. Para Martínez, estos insectos funcionan como una "disonancia en una orquesta". Pequeños destellos de imperfección en un mundo que de otro modo sería exquisitamente bello. En sus cuadros, la belleza nunca es absoluta; siempre hay un eco de lo grotesco, una grieta en la perfección.

"Celebramos a este artista que, durante mucho tiempo, no diría que estuvo oculto, pero al que no habíamos tenido la oportunidad de reconocer con un tributo tan grande y significativo", Juan Santiago Martínez

La muestra no solo exhibe pinturas. También incluye objetos personales del artista: su mesa de trabajo, pinceles, bocetos y fotografías de modelos que utilizó como referencia. Esta atmósfera permite al espectador entrar en la intimidad de San Avilés, ver sus procesos, entender cómo construía sus composiciones y cómo su visión del mundo se plasmaba en el lienzo.

“Lo que queremos es que la gente venga sin miedo”, dice Martínez. “Que vean, que contemplen, que disfruten. Porque el arte no es un tabú ni un privilegio. Es un derecho”, agrega. En cada trazo de San Avilés, en cada cuerpo meticulosamente esculpido con pintura, se siente el eco de una voz que, después de años de silencio, finalmente está siendo escuchada.

Un legado rescatado

Para comprender la obra de San Avilés es necesario ver más allá del lienzo. La exposición incluye bocetos arquitectónicos que revelan una faceta menos explorada del artista. "La familia contaba que en algún momento quiso ser arquitecto", menciona Izaguirre. Esa fascinación por las estructuras se plasma en sus composiciones, en las ventanas y marcos que encierran a sus figuras, en las cornisas que evocan templos griegos.

El artista, quien pasó la mayor parte de su vida en Europa, absorbía referencias de la escultura clásica. En sus cuadros, los cuerpos masculinos no solo son un tributo a su identidad, sino un eco de la estética helenística. "San Avilés viajó a Grecia, hablaba griego, conocía los ideales del Renacimiento. Su obra es el resultado de esa formación", apunta Izaguirre.

La mesa de trabajo original de San Avilés, traída desde su estudio, se convierte en una pieza central de la muestra. Sobre ella descansan fotografías de modelos, pinceles desgastados, postales de viajes, bocetos y recortes de periódico que revelan la intimidad de su proceso creativo. Foto: Mediana

A pesar de la maestría técnica de su obra, San Avilés no tuvo en vida el reconocimiento público que su trabajo merecía. "Es un artista que se ha mostrado muy poco", admite Izaguirre. Pero esta exposición busca cambiar eso. Con 49 piezas exhibidas, el MARTE invita a un redescubrimiento. "Es una exposición clásica en su montaje, pero con elementos para conectar con el público joven: espacios interactivos, una mesa de trabajo, una ventana para tomarse fotos. Queremos que el arte se sienta cercano", explica el curador.

San Avilés fue un artista de ironía sutil y técnica impecable. Su "San Sebastián", con gotas de agua en vez de sangre, rompe la tradición iconográfica con un gesto tan delicado como contundente. Sus frutas que sangran y sus cuerpos que flotan entre lo divino y lo profano desafían las categorizaciones. "Es una obra que juega, que reta, que se esconde y se revela con cada mirada", concluye Martínez.

Entre el surrealismo y la irreverencia
Detalle de "San Sebastián", una de las piezas más icónicas de San Avilés. Foto: Mediana

San Avilés no solo fue un virtuoso del realismo, también supo jugar con la fantasía y la insinuación. Influenciado por el dadaísmo y Dalí, su obra incorpora elementos oníricos: cabezas flotantes, cuerpos en estados de transición y velos que ocultan rostros. "Hay un placer en descubrir cada detalle, como si estuviéramos revelando un secreto", dice Izaguirre.

La museografía de la exposición busca potenciar esa sensación. "Hemos organizado las piezas para que los visitantes sigan un recorrido intuitivo, donde cada obra dialoga con la siguiente. Desde sus primeros bocetos hasta sus trabajos más maduros, la evolución de San Avilés se despliega ante nuestros ojos", explica Martínez. "San Avilés no solo pintó el deseo y la belleza, sino que también nos invitó a reírnos con él", concluye Izaguirre. Con esta exposición, su arte no solo se rescata, sino que finalmente encuentra su espacio en la memoria colectiva y cobra nueva vida, despertando en cada visitante la duda, la admiración y, sobre todo, la curiosidad.

Devoción y rebeldía
Arriba: en la mesa de trabajo, una vieja fotografía de modelos usados como referencia reposa junto a sus bocetos. Abajo: la pintura final muestra cómo San Avilés transformaba esas imágenes en composiciones cargadas de detalle, simbolismo y una estética que desafía lo clásico. Foto: Mediana

Desde niño, Juan Santiago Martínez contemplaba aquella pintura en la casa de su abuela sin comprender del todo qué le atraía tanto. La obra de San Avilés, expuesta en la sala familiar, era un portal a un universo donde la belleza se mezclaba con lo inquietante.

Años después, ese mismo cuadro sigue mirándolo, pero ahora desde las paredes del Museo de Arte de El Salvador. Lo que antes fue un misterio infantil, hoy es un legado que él mismo ha ayudado a preservar. "Era la contemplación, el sentido estético de apreciar una obra de arte", recuerda. Esa fascinación temprana no solo lo llevó a convertirse en curador, sino que lo convirtió en el guardián de la memoria artística de su tío abuelo.

Esta exposición es un acto de justicia. Es la reivindicación de un artista que durante años habitó el margen, que exploró la belleza con una mezcla de devoción y rebeldía. Y es, también, un testimonio del vínculo entre el arte y la sangre, entre la historia y quienes la mantienen viva.

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